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sábado, 18 de enero de 2014

Ladrón.


Acababa de salir del centro de menores así que lo que menos me apetecía era meterme en problemas. Y aun sabiendo lo que me esperaba si me pillaban, lo volví a hacer. Mi especialidad era robar carteras, relojes y cosas de pequeño tamaño, que pudiera esconder en mi cuerpo y después fuera fácil deshacerse de ellas.

Creía que después de cinco años en el centro, me había reformado y estaba buscando trabajo. Lo encontré como reponedor en unos grandes almacenes. No es que fuera a ganar mucho, pero al menos tenia para comer y vestir. No tenía que pagar alquiler, porque había vuelto al mismo tugurio en el que vivía antes de que me pillaran. No tenia calefacción ni agua corriente, pero tampoco me hacía falta. Solo aparecía por allí para dormir. Para lo demás utilizaba los aseos del trabajo.

Un día en el que estaba reponiendo cuadernos y demás artículos de papelería, vi pasar a una chica que me llamo la atención. No era guapa así que no sé porque me fije en ella. Quizá porque se le veía que tenía dinero cosa que yo no tenía. La seguí con la mirada mientras se acercaba a la zona de música. Cogió dos CDs y se puso a mirarlos casi obsesivamente. Vi como se metía uno en el bolsillo del abrigo. Mire a mi alrededor y vi que una de las cámaras de seguridad enfocaba justamente la zona donde ella  se hallaba. Un hombre de seguridad se estaba acercando hacia donde ella estaba. Antes de que él llegara, me cruce con ella y me choque “accidentalmente”. Me quede en un pasillo donde no había cámaras y mientras le quitaba la alarma al CD, observe como el de seguridad la registraba ante la cara asombrada de la chica, que no entendía como no le encontró nada si ella misma acababa de meterse un CD en el bolsillo.

Cuando salió, la seguí. Si, estaba abandonando mi puesto de trabajo, pero quería saber porque alguien como ella, sentía la necesidad de robar. Después de seguirla hasta su casa, me volví al trabajo. Al día siguiente la espere por la mañana a la salida de su casa.

-         - ¡Eh! – la llame cuando salió – Creo que esto es tuyo – dije enseñándole el CD.
-          -Eso no es mío, te equivocas de persona – dijo sin pararse ni un segundo. – Y si me sigues persiguiendo, llamare a la policía.
-         - Puedo enseñarte, si quieres.

Se alejo, hacia la parada de autobús donde un chico la esperaba. Al llegar la besó. Yo la seguía a distancia. El autobús llego y la gente comenzó a subir, yo espere hasta que las puertas estaban a punto de cerrarse y me coloque detrás del chico que iba con ella. Había bastante gente así que no me seria nada difícil robarle la cartera. Ella no me quitaba los ojos de encima, y vio como le cogía la cartera a su novio. Pensó que me la guardaría, pero una vez la tuve en mis manos me acerque más a ella y sin que nadie nos viera, le acerque la cartera. Al principio no la quiso, pero al  final la cogió. En la siguiente parada me baje.

Esa noche no dormí, pensando en esos ojos verdes que me miraban con curiosidad pero sin escandalizarse por lo que había hecho ante todo el mundo. Decidí que al día siguiente volvería a verla, costase lo que costase.

Cuando salió de casa la seguí hasta la parada del autobús. Me miro pero esta vez no me dijo nada, subimos al bus y bajamos en la puerta de la universidad. Yo la seguía a varios metros de distancia. Entro en el edificio y yo me quede esperándola hasta que salió. Pensé que tardaría horas, pero tardo solo minutos. Con un gesto me dijo que la siguiera. Espere a que se alejara antes de seguirla hasta una tienda de ropa.

-          -Ayer dijiste que me enseñarías, ¿Por qué crees que necesito aprender? Tengo todo lo que quiero con solo pedirlo – me dijo.
-         - Quizá solo quieras vivir emociones fuertes, no lo sé. Pero si yo te enseñara y trabajásemos juntos, lo más seguro es que sacásemos pasta. Ambos ganamos. – respondí.
-         - ¿Para qué me quieres? – me pregunto. Llevaba rato mirando un vestido.
-          -Mejor lo hablamos en otro sitio. ¿Te gusta? –  señalé el vestido.
-         - Es demasiado caro y además no me queda bien – contesto con desdén. Sonreí, le había gustado pero no quería reconocerlo.

Cogí el vestido que había mirado, le arranque la etiqueta, lo doble rápidamente y me lo guarde debajo de la cazadora. Agarre a la chica que me miraba sorprendida y salimos de la tienda agarrados como si fuéramos una pareja. Unos metros más adelante empezamos a correr y paramos en unos soportales.

-          -¿PERO TÚ ESTÁS LOCO? – me grito. - ¿Y si nos llegan a pillar?
-         - Nunca me han pillado – mentí. Claro que lo habían hecho, sino no hubiera acabado en un correccional para menores. – Toma – le tendí el vestido - ¿Entonces quieres aprender o no? – se pensó un tiempo la respuesta.
-          -¿Qué tendría que hacer? – me miraba curiosa.
-         - Básicamente recoger carteras, pulseras, relojes… y luego deshacerte de las carteras. Lo que saquemos lo repartimos a la mitad.
-         - ¿Y si yo no  quiero? – me contesto.
-         - Pues se lo digo a otra. – me había tirado un farol, no tenía a ninguna chica más.
-         - ¿Puedo probar?  - Había picado, tal y como yo esperaba.
-        -  Claro.

Le enseñe lo básico y más importante. Y lo pusimos en práctica esa misma tarde. Subimos en el autobús, cada uno en una parte. Observe a la gente que subía y donde guardaban la cartera. Cuando vi a nuestra víctima, le hice la señal convenida, ella asintió levemente y ocupamos nuestros respectivos puestos. Cogí la cartera y se la pase a la chica, de la que aun no sabía el nombre. Ella la cogió y al abrirse las puertas bajo. Yo también baje y fui por otro lado. Nos encontramos en un portal.

-        -  ¡Ha sido genial! ¿Siempre es así de fácil? – pregunto emocionada.
-         - Depende... – el sonido de un móvil me cortó a mitad de frase.
-         - Tengo que cogerlo. – dijo separándose. La vi hablar, pero no entendía lo  que decía. Al cabo de unos minutos volvió. – Tengo que irme.
-        -  Entonces, ¿quieres el puesto? – pregunte.
-         - Me lo quedare por unos días – me contesto sonriendo.
-        -  Entonces nos vemos mañana – le dije - ¿Te parece bien quedar en los soportales de esta tarde? ¿Sobre las 5?
-         - Vale, mañana nos vemos.
-         - ¡Eh! – le grite cuando se alejaba - ¿Puedo saber al menos como te llamas?
-         - ¡Libia! – me grito desde lo lejos - ¿Tu?
-         - Timo.
-       -   ¡Pues hasta mañana Timo!

Espere hasta que desapareció de mi vista y dándome media vuelta fui hasta la parada de metro más cercana. Me senté en un asiento y me puse a mirar por la ventanilla del metro. Bueno, ya sé que mirar a la oscuridad del túnel no es muy divertido, pero en realidad yo no veía el túnel, sino la cara de Libia. Un ligero golpe me saco de mi ensoñación. Un hombre gordo se había sentado a mi lado y me había rozado sin querer. Miro la hora y le vi un reloj bastante caro. En cuanto pude me levante y se lo robe sin que se diera cuenta. Me acerque a una de las puertas del vagón y por el rabillo del ojo vi como dos chicos con pinta de rumanos se colocaban también cerca de las otras puertas. Al llegar a la estación, las puertas se abrieron, aunque yo no baje. Me quede quieto y los rumanos me imitaron. Cuando las puertas empezaron a  cerrarse, salte fuera en el último segundo. Desde dentro del vagón, los rumanos me dijeron por gestos que estaba muerto.

Al llegar a casa me puse a practicar con mi maniquí lleno de cascabeles. Tenía que estar en plena forma para que no nos pillaran a Libia y a mí.

Esa tarde acudí a mi cita con la mejor de mis sonrisas. Decidí cambiar de sitio. Esta vez lo haríamos en medio de la calle, cerca de unas tiendas y un quiosco de esos que hay en los paseos. Desde donde yo estaba no veía a la gente, así que tendría que fiarme de Libia. Pasaron un par de personas pero Libia me indico por gestos que no valía la pena. Al cuarto me hizo la señal convenida. Salí de la esquina donde estaba y mientras Libia distraía a la víctima levantándose la camiseta un poco (lo justo para enseñar el ombligo sensualmente) yo le robe la cartera. Así lo hicimos varias veces, ella luego se acercaba a mí y yo le pasaba la cartera, de la que ella se deshacía después de sacar todo el dinero. Esa tarde sacamos un buen botín.

Fuimos quedando cada tarde, durante bastante tiempo. Cada vez lo hacía mejor, así que decidí darle una oportunidad y ser ella la que empezara a coger las carteras. Un día casi nos pillan, ella se asusto y salió corriendo. Un rato después, me pase por su casa a ver si estaba. Estuve esperándola en el parque que había frente a su casa hasta que se hizo de noche y apareció.

-         - ¿Qué haces aquí? – pregunto. – Te estuve esperando en el sitio de siempre y no apareciste.
-         - Vine a ver si estabas. Tuve algún que otro contratiempo, pero ya está solucionado. – contesté – Aunque en realidad, venía  a enseñarte a que cogieras tú las carteras. Creo que te lo mereces. Si tú quieres.
-         - ¿De verdad vas a enseñarme? – asentí.

Me levante del columpio en el que estaba sentado y me dirigí hasta donde estaba ella. Había una barra vertical, similar a la que tienen todos los parques de bomberos. Me agarre a ella y mire a Libia, que me imito. Empecé a hablar:

-          -Vamos en el bus, ves a un hombre y te aproximas a él, hay bastante gente así que te agarras a la barra – puse mi mano encima de la suya y ella miro las manos – Ya lo has distraído. La gente te empuja y te acercas cada vez más a él. – me fui acercando mas a ella – Con cuidado diriges tu mano hacia su bolsillo – los dos metimos la mano en el bolsillo trasero del otro – y con un tirón rápido y seco, le coges la cartera. Así es de rápido. No hay que tener miedo o te pillan.
-        -  No soy yo quien tiene miedo – me dijo tirándome la cartera y marchándose a su casa.
-Me quede en el parque quieto, pensando en lo que me había dicho. Sé de sobra que no se refería a miedo por robar, si no a miedo de acabar lo que estuvo a punto de ocurrir. Cuando le explique los pasos para robar, hubo un momento en que nuestros labios casi se juntaron. Y como yo soy imbécil, la cague. Me fui a casa.

A los pocos días empezamos a poner en práctica lo de que fuera ella quien robara. 

Durante las primeras víctimas, la cosa fue bien, pero en un momento dado, al recibir una cartera vi a uno de los rumanos y se me cayó al suelo. Tuvimos que salir corriendo. Cuando paramos en nuestro sitio de reunión habitual, Libia me miro y me grito histérica:

-         - ¡LO DEJO! ¡MARCHATE! ¡DESAPARECE DE MI VIDA! ¡NO QUIERO SABER NADA MAS DE TI! – y antes de que pudiera decirle nada se marcho corriendo.

Me quede allí quieto un rato, ya estaba anocheciendo así que me fui a casa. Me metí en la cama pero era incapaz de dormir. No paraba de darle vueltas al asunto de que si Libia lo dejaba, no la volvería a ver. Suspirando me levante de la cama y me fui a casa de Libia. Llame a la puerta pero no me hizo caso. Sabía perfectamente que estaba en casa, y que estaba sola. Sus padres se habían ido unos días fuera. Volví a llamar. De repente empezó a sonar música a un volumen excesivamente alto para las horas que eran. Se me acabo la paciencia, salte la valla y rompiendo el cristal de la puerta, entre en casa. 
Me guie por el sonido  de la música y subí hasta el cuarto de Libia.

Cuando abrí la puerta, la encontré sentada en la cama. Entre en la habitación y se levanto como si fuera movida por un resorte. Me acerque a ella y me pare delante, a escasos centímetros.  Me miraba fijamente, baje la vista y me di cuenta que solo iba vestida con una camiseta. Coloque una de mis manos sobre su cintura y sin esperarlo, ella me beso. Se separo rápido de mí, como si no quisiera haberlo hecho, pero con la mano que aun seguía en su cintura la atraje hacia mí y la besé. Cada vez los besos eran más apasionados.

Libia me empujo contra la pared y empezó a besarme en el cuello a la vez que metía sus manos por debajo de mi sudadera. Sin ningún miramiento me la quito, casi arrancándomela.  Con cada beso que me daba en el cuello, iba perdiendo más el control.  Iba dejando paso a la bestia que había en mi interior, un ser insaciable al que no gustaba dar tregua. Mis instintos más primarios estaban aflorando; a veces me comportaba como un auténtico animal.

Con uno de los mordiscos más apasionados que me dio Libia, despertó mi parte irracional. La empujé, y me miró extrañada, aunque entendió por qué. Mi mirada reflejaba mis más oscuros deseos, y la más ferviente pasión. Ella se sentó en el borde de la cama y yo me tiré encima de ella. La tumbé en la cama y me puse encima de sus piernas. Cogí su camiseta y tiré con fuerza, rasgando la tela. Dejé al descubierto un pecho de infarto. No pude resistir la tentación y le mordí un pezón. Ella emitió un gritito de placer. Mi lengua empezó a recorrer cada rincón de su cuerpo.  Con un movimiento rápido, Libia me tumbo en la cama. Se puso encima de mí. Sus manos recorrían todo mi cuerpo, me quito la camiseta y note como me desabrochaba el pantalón, tirando de él hasta bajármelo. Yo estaba tan excitado que cualquier roce, por leve que éste fuera, me hacia gemir de placer. Con una mirada lasciva, Libia se aparto de encima y se puso de rodillas en el suelo, entre mis piernas. Con un gesto me indico que me quedara tumbado. Me quito los calzoncillos y empezó a lamer mi erección sin apartar sus ojos de los míos. Comenzó a hacerme una felación, a mi me estaba volviendo loco, sobre todo cuando el piercing de su lengua me rozaba.

 Mi respiración empezó a entrecortarse.  Antes de que todo se acabara, decidí cambiar las tornas. Me incorpore en la cama hasta quedar sentado.  Mire a Libia que me sonreía pícaramente, la atraje hacia mí y la bese con pasión.  La separe de mi y tirando de ella hice que se levantara. La empotre contra la pared y sin esperar permiso introduje un par de dedos en su vagina a la vez  que la besaba. Empecé a mover los dedos cada vez más rápido. Libia gemía y suspiraba en mi boca. Cuando estaba a punto de explotar, saque los dedos y la tire sobre la cama.

Me coloque encima de ella, que rodeo mi cintura con sus piernas y lentamente la penetre. Los dos gemíamos al compás de mis embestidas que poco a poco fueron haciéndose más rápidas hasta que llegamos al orgasmo. Me deje caer a su lado en la cama y ella se acurruco a mi lado, pasando uno de sus brazos por encima de mi pecho que aun se movía a un ritmo agitado. Abrazados nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente cuando desperté, Libia me observaba tumbada de lado. Me beso con dulzura y se marcho a la ducha. Yo me quede tumbado un rato más. No sabía que significaba lo que había ocurrido esa noche, pero no quería separarme de Libia. Y tampoco quería seguir delinquiendo, a menos que Libia pasara de mí. Sin ella mi vida no tenía sentido, sería un delincuente mas, un simple ladrón. Ella podía ayudarme a cambiar. O al menos eso es lo que pretendía, porque no creo yo que a su familia le gustara que su hija tenga un novio ladrón.

Después de desayunar, la acompañe hasta la universidad. Fuimos en autobús y esta vez no robamos nada. Teníamos bastante con estar juntos. La deje en la puerta y yo me fui a coger el metro para ir a mi casa hasta que saliera Libia de clase.

Todo iba genial, por una vez en mi vida, no pensaba en robar. Pensaba en cambiar de vida, reformarme y ser una persona normal con un trabajo normal y corriente. Tener una novia seria y formal y por qué no, algún día tener hijos e incluso hasta un perro.
Iba perdido en mis pensamientos cuando alguien me dio un golpe sin querer y me dio por mirar al frente. Vi a los rumanos del vagón que al verme vinieron directos a por mí. Di media vuelta y empecé a correr, lo más lejos posible de ellos.  Fui corriendo por todo el andén de la estación, chocándome con la gente que pasaba por allí. Cada vez que podía miraba hacia atrás para ver si me seguían. Solo vi a uno, el otro había salido de mi campo de visión.

Llegue al final del andén y solo tenía dos opciones: subir las escaleras (que era lo más obvio) o saltar a la vía, rezando porque no viniera ningún tren y me espachurrara.  Jugándome la vida salte a la vía. Probablemente a los rumanos no se les ocurriría meterse ahí. Me equivoque, uno de ellos lo hizo. El otro subió por las escaleras. Seguí corriendo lo más rápido que pude en medio de aquella oscuridad. No sé cuánto tiempo corrimos en la oscuridad, pero a mí se me hizo eterno. Cuando ya estaba perdiendo toda esperanza de llegar a un sitio con luz, apareció una estación. A lo lejos oí el sonido de un tren acercándose rápidamente. Subí al andén lo más rápido que pude, me despiste un poco ya que la luz dañaba mis ojos. Seguí corriendo para que el tío que me seguía no me alcanzara.

 Al subir las escaleras noté un dolor intenso en mi abdomen, mire hacia abajo y me lleve la mano hasta la zona dolorida. Estaba llena de sangre, mire a mí alrededor con la vista algo nublada, pero llegue a distinguir a uno de los dos rumanos del metro. Llevaba una navaja manchada de sangre. De MI sangre.


Intente subir las escaleras para ir hasta la universidad de Libia. Solo pensaba en ella. Con un esfuerzo sobrehumano fui andando por la calle. Todo el mundo pasaba por mi lado pero ninguno me prestaba atención o me intento ayudar. Me deje caer en el suelo cerca de la puerta de la universidad. Notaba como mi vida se me escapaba entre las manos. Estaba sangrando mucho y notaba cada vez más frío. Mi último pensamiento antes de cerrar los ojos para siempre, fue para Libia. “Te quiero” musite con mis últimas fuerzas.

2 comentarios:

IIvary_Yasu dijo...

Me a gustado rubia, pero pobre Timo.

Øðïnê dijo...

Bueno... no es para tanto jajajaja Ya, la verdad es que me dio pena pero bueno es lo que se me ocurrio en el momento

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