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lunes, 13 de enero de 2014

Linea 3.




Debo de estar loco para hacer lo que estoy haciendo. La verdad es que coger un autobús (que no necesito) a las nueve de la mañana, solo para ir al final de la línea y luego volver a casa, no es de estar muy cuerdo, no. Y sin embargo lo hago todos los días desde hace seis meses. Y todo por una única razón: verla. Era todo lo que necesitaba.

La primera vez que la vi, fue por pura casualidad. Tenía que ir al médico y cogí un autobús para poder llegar a tiempo. Normalmente, el trayecto lo cubría a pie o pedía a alguno de mis amigos que me llevaran. Pero ese día yo tenía algo de fiebre y como me habían citado pronto, mis amigos pasaban de madrugar para acercarme. No me quedo más remedio que coger el autobús.

Después de esperar un rato sentado en la marquesina, apareció el bus. A estas horas estaba medio vacío así que pude escoger mi lugar preferido, cerca de la puerta trasera. Nunca se sabe cuándo vas a tener que utilizarla. Dos paradas más adelante, subió un grupito de niños en edad de ir al colegio y un par de chicas que tendrían mi edad o incluso algo menos.

Una de ellas era una preciosidad. Era la típica chica de las que salen en las revistas anunciando cualquier cosa. De esas que llama la atención y ni siquiera te fijas en el producto que intentan venderte (a menos que sea ropa interior). La otra chica era muy normalita, no le preste mucha atención la verdad. La modelo, se sentó a mi lado dedicándome la mejor de sus sonrisas. La otra en el asiento de enfrente. No sé si reparo en mi presencia o es que simplemente pasaba de todo. Saco un libro y se puso a leer.

La chica que estaba sentada a mi lado saco una lima y se puso a arreglarse las uñas. Me recordó a las típicas marujas y de repente deje de prestarle atención. Miré por la ventanilla, pero el tráfico no me parecía para nada interesante. Mire hacia delante y mi mirada se encontró con unos ojos verdes que enseguida volvieron a posarse sobre las páginas del libro que leía. Sonreí. Parece ser que si había reparado en mi. La observe un rato, pero no volvió a levantar la vista del libro ni una sola vez. Unos minutos después, se bajo en una parada frente a un instituto. Supuse que estudiaría allí. No volví a verla hasta dos meses más tarde.

Me había roto el brazo haciendo el idiota con mis amigos y tenía que ir a quitarme la escayola. Volvieron a citarme pronto. Ella subió en la misma parada, pero esta vez sin la “modelo”. Volvió a sentarse en el asiento frente al mío. Llevaba un par de libros, pero no abrió ninguno de ellos. Miró por la ventana y yo me dedique a observarla. Cuando se aburrió, abrió su bolso y empezó a rebuscar intentando hallar algo. Saco un ipod y conectándolo, se puso a escuchar música. Cerró los ojos y se olvido del mundo. Mientras, yo me dedique a leer las dedicatorias que mis amigos habían escrito en mi escayola, por si acaso se les hubiese ocurrido poner alguna guarrada, ya que no era plan de que la enfermera leyera eso. Encontré alguna que no llegaba del todo  a ser ofensiva pero una era demasiado escatológica. Tenía que borrarla como fuera. Me rebusque en los bolsillos por si acaso llevaba algún boligrafo encima, pero no tenia. Mire a mi alrededor, todo era gente mayor. Menos la chica que tenía enfrente.

Me estiré y le toqué en el brazo suavemente. Ella se sobresaltó y abrió los ojos como platos. Me miró fijamente y quitándose uno de los auriculares espero a que le dijera algo.

-         - Perdona, ¿tienes un rotulador o un bolígrafo que puedas prestarme? – le dije.

Abrió su bolso y sacó un estuche, rebuscó en su interior y me tendió un rotulador permanente de color negro.

-         - Gracias – musité cuando lo cogí.

Quité la capucha y me afané en quitar la dedicatoria más guarra. Pero Jan sabe donde escribir las cosas para evitar que las borre. No llegaba. Maldecí en todos los idiomas que sabía.

-          -¿Te ayudo? – dijo una voz suave a mi lado.

Miré a mi interlocutora y asentí. ¿Cuándo se había movido de su asiento? Estaba arrodillada frente a mí, así que debería haberla visto. Me quitó el  rotulador de la mano y señalándome una de las dedicatorias me preguntó:

-         - ¿Esta? – volví a asentir - ¿Te ha comido la lengua el gato de repente? – sonrió mirándome un segundo antes de volver a centrarse en mi escayola.
 -         -No, lo siento. Es que me ha sorprendido que me ayudaras. Eso es todo – respondí.
-          ¿Quieres tachar alguna más? – me preguntó.

Le indiqué un par más. No volvió a hablar. Cuando acabó, se fue a su sitio y se puso a recoger todas sus cosas. Se levantó y se acercó a la puerta. El autobús paró y ella bajó. Ni siquiera se despidió, un simple gesto hubiera bastado. Suspiré. A veces soy idiota de remate. Se me podía haber ocurrido preguntarle cómo se llamaba o algo. Bueno al menos, me mantuve callado y no metí la pata como otras tantas veces. 

Desde ese día, subo todas y cada una de las mañanas a ese autobús, con la esperanza de verla. Aunque nos hemos visto la mayoría de los días, apenas hemos cruzado cuatro palabras.

Hoy, la noté nerviosa, no hacía más que colocar los libros una y otra vez encima de sus rodillas. Me miró y esbozó una ligera sonrisa, pero siguió sin pronunciar palabra. Una vez en su parada, recogió todas sus cosas rápido y salió como alma que lleva el diablo. Cuando el autobús retomó la marcha, volví mi vista hasta el asiento donde ella había estado sentada minutos antes. En el suelo había algo caído, me acerqué y me dí cuenta de que era su móvil. La he visto jugar otras veces con él. Debió de caérsele mientras recogía todo. Mañana se lo devolveré, así tengo una excusa para hablar con ella.

-          -¿Piensas hablar con ella? – la voz de Jan me sacó de mis divagaciones.
-          -Eso intento. Pero siempre se va antes de que me atreva a pronunciar palabra – le conteste.
-         - Quizá deberías bajar en su parada o esperarla en la puerta del instituto antes de que ella entre – sugirió David.
-         - ¡Buena idea! Y antes de que te diga nada, plántale un beso de esos que quitan el sentido – Timo sonreía ante su idea – Si no te parte la cara, la tienes en el bote.
-          -¡Pero mira que eres bestia! – exclamó Juri – Si casi no se atreve a decirle ni hola, ¿cómo esperas que la bese?
-         - ¡Eh! ¡Que estoy delante! – protesté.
-          -Tío, pensé que eras mas lanzado con las chicas – sentenció Franky.
-         - ¡Y lo es! – rio Jan – Pero con las que no le gustan. O con las que solo quiere un rollo. – Odio que Jan me conozca tanto.
-         - Bueno, entonces… ¿qué vas a hacer? – David me miraba serio.
-         - No lo sé. Por lo pronto devolverle el móvil.

Cuando me fui a mi casa, me tumbé en mi cama con el móvil de la chica en las manos. Intentaba decidir cuál sería el mejor momento para hablar con ella. Decidí, que la esperaría en la puerta del instituto. Quería mirar alguna de las fotos que tenía en el móvil, pero fui incapaz de hacerlo eso me parecía una intrusión en su intimidad en toda regla. Lo único que me atreví a hacer fue llamarme desde su móvil para tener su número.

RAISA:

Cuando me levante esta mañana, algo me decía que no iba a ser como todos los días. No sé cómo explicarlo, pero era una sensación extraña. Después de desayunar, cogí mis cosas y salí corriendo a la parada del autobús. Mientras esperaba, saque mis apuntes y me puse a repasar para el examen que tenia.

Cuando me senté en el asiento de siempre, me fije que el chico no estaba. Creo que la sensación que me dejo fue un vacío en el estomago. Hoy no tendría mi ración diaria de ojos bonitos, ni vería la sonrisa de medio lado que pone al mirar por la ventanilla cuando piensa que no le estoy mirando… Resumiendo: hoy no lo iba a ver. Suspirando, volví a centrarme en los apuntes. Después de unos minutos, lo di por imposible. No podía dejar de pensar en el.

De repente, el autobús dio un frenazo y todos mis apuntes cayeron al piso, al igual que yo que me estampe literalmente con el suelo. Presentía que hoy no iba a ser un buen día y para colmo había perdido mi móvil. O me lo habían robado, no estaba segura. La cosa es que no lo tenía y andaba mas perdida sin él que un pulpo en un garaje. Recogí todas las hojas y volví a sentarme en mi sitio. Guardé los apuntes y cuando llego mi parada bajé.

Nada más poner los pies sobre la acera mis amigas Gabrielle, Liese y Hannah se me acercaron corriendo. Supuse que para preguntarme algo del examen. O para echarme la bronca por no cogerles el móvil, vete tú a saber.

-        -  ¿Qué tal te lo sabes? – me pregunto Gabrielle.
-         - Creo que bien – conteste.
-         - ¿Por qué no contestas al móvil? – Hannah se cruzo de brazos, visiblemente enfadada.
-         - Porque no sé si lo he perdido o me lo han robado.
-          -¿En serio? – la cara de Liese mostraba una gran sonrisa – Os dije que no tardaría en perderlo. – miro a las otras chicas.
-          -¡Eh! ¡Que no soy tan desastre! – proteste.
-         - Ya, claro… - todas rieron.

Empezamos a andar hacia la entrada del instituto. En la puerta había un chico apoyado en la verja. El corazón me dio un vuelco cuando le vi la cara. Me quede quieta cerca de él. Cómo yo iba la primera, mis amigas chocaron conmigo.

-         - ¿Se puede saber por qué te paras así de repente?
-          -Id andando, ahora os pillo – conteste.
-         - ¡No tardes! – gritó Gabrielle.

En cuanto las chicas se alejaron un poco, el chico se acerco hasta donde yo estaba. Se le veía nervioso.

-          -Hola – dijo.
-         - Hola – contesté- ¿Qué haces aquí?

-          Ayer cuando bajaste del autobús, me di cuenta de que se te había caído el móvil. Y vine a traértelo – estiro el brazo, en su palma estaba mi móvil.

-         - ¡Gracias! Pensé que me lo habían robado – cogí el teléfono de su mano - ¿Por qué no estabas hoy en el autobús? Quiero decir, que me lo podías haber dado en el bus y no tendrías que haber venido hasta aquí.
-         - Es que si te lo daba allí no hablarías conmigo. Pensé que era mejor hacerlo aquí.
-          -Tengo que entrar, estoy en plenos exámenes finales – le dije al chico – Pero gracias otra vez. – dije entrando en el recinto.

Empecé a caminar hacia las clases. De repente me pare, suspire y dándome media vuelta volví a salir a la calle.

-          -¡Eh! – le grite al chico que empezaba a alejarse. Se giro y me miro - ¿Tienes algo que hacer hoy?
-          -No, ¿Por qué? – me miro intrigado.
-          -Podíamos tomar un café juntos o algo. Como agradecimiento por devolverme el móvil.
-         - No sé si eso me conviene… - dijo sonriendo – No suelo quedar con desconocidas.
-          -Ni yo suelo proponérselo a extraños, pero eso tiene fácil solución. Me llamo Raisa – dije tendiéndole la mano.
-          -Christian – contesto mientras me estrechaba la mano.
-          -Bueno Christian, entonces… ¿quieres quedar conmigo o no? – pregunte.
-         - ¿Eso es una cita? – inquirió levantando una ceja.
-          -Si. Eso creo. O al menos pretendía serlo… - respondí encogiéndome de hombros.
-          -Siendo así… Si. Quiero quedar contigo, Raisa. – volvió a sonreír.
-         - De acuerdo, entonces ¿te parece bien esta tarde? Sobre las seis en… bueno, no sé donde te viene bien.
-          -¿En el parque que hay cerca de la parada de autobús donde subes?
-          -Vale. Tengo que irme. Nos vemos esta tarde.
-         - ¿Cuánto dura el examen? – me pregunto
-         - Una hora ¿Por qué? – respondí.
-         - Nada, curiosidad. Que tengas suerte.
-        -  Gracias.

Entré corriendo en clase y no me cerraron la puerta en las narices por los pelos. Me senté en mi sitio y me puse a hacer el examen lo más rápido que pude. Gracias a Dios que me sabia todas las preguntas porque mi mente, ahora mismo estaba en las nubes. El examen me ayudo a tranquilizarme. Cuando sonó el timbre que marcaba el fin de la clase, recibí un mensaje de un número desconocido: 

“¿Tienes algún examen mas hoy?”

No sé por qué, pero se me acelero el corazón. Le conteste que no y guarde el número. En menos de un minuto tenía otro mensaje:

“Me aburro. ¿Qué te parece si adelantamos la cita? Te espero abajo. No tardes.”

Por toda respuesta, recogí mis cosas lo más rápido que pude y me dispuse a salir de clase antes de que apareciera el profesor.

-         - ¿Pero ahora dónde vas? – Liese, no entendía nada.
-          -He quedado.
-          -¿Con el chico de antes? – asentí - ¿Estáis juntos?
-          -No, aun no – conteste – Chicas tengo que irme ¿vale?

Christian estaba sentado en uno de los bancos de la entrada. A su alrededor había varios chicos haciendo el ganso. Se levanto al verme y al pasar por donde estaban los chicos uno de ellos me empujo sin querer, haciendo que Christian y yo quedáramos más cerca de lo que ambos pretendíamos. Poco a poco fui acercándome aun más a él y al final junte mis labios con los suyos en un beso corto, al que le siguieron varios más. Mi corazón bombeaba sangre a marchas forzadas. Mi móvil empezó a sonar, me separe de Christian y mire el mensaje de Hannah:

“¡Zorra! ¡Dijiste que no estabais juntos! EXIGIMOS una explicación. ¡Te queremos! Besitos”

Sonreí, mis amigas son de esa clase de personas que primero te llaman zorra y luego te dan besitos. Pero son geniales y no las cambio por nada del mundo. Mire hacia la ventana de mi clase donde mis amigas estaban asomadas y por gestos, les dije que las llamaría.

Christian me sonreía, le agarre de la mano y tire de él fuera del instituto.

Recordé la sensación rara con la que me había levantado y el pensamiento de que hoy iba a ser un día pésimo si no veía al chico de los ojos azules. Creo que jamás había estado tan equivocada como hoy, ya que ha sido magnifico.



Además, hoy acababa de comenzar la historia de amor más bonita jamás contada. Al menos para mí y para Christian.

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