AÑO 2010:
-
¡Muy
bien Sophia! ¡Samantha! ¡Hemos acabado!
- dijo el fotógrafo – buen trabajo chicas!
-
¡Gracias!
– contestamos al unísono.
Después
de quitarnos toda la ropa de la sesión de fotos y ponernos la nuestra, nos
fuimos a comer algo. Mientras comíamos Sam, no paraba de mirarme.
-
¿Te
pasa algo? - le dije.
-
¿A
mí? No. – se rio.
-
Ya…
¿y te ríes por…?
-
¿No
puedo estar feliz? – me miro. – por fin puedo pasar unos días tranquilos con mi
novio.
-
Si,
vale, recuérdame que estoy sola… - le dije mientras la empujaba cariñosamente.
-
Vamos
estas sola por qué quieres, ¡¡anda que no hay tíos buenos en Los Ángeles!!
-
Sí,
pero ninguno que realmente merezca la pena…, ¡si no dime por qué acabaste con
uno de Minnesota! - reímos las dos.
-
Vale
me has pillado. Pero que sepas que tanto Zac, como mi hermano y yo te estamos
buscando un novio. – me señalo con el dedo. – Por cierto tiene un amigo alemán
muy mono.
-
No
pienso volver a Alemania. - dije muy seria.
-
No,
pero el si va a venir a Los Ángeles – dijo divertida.
-
¿Vamos
crees que soy incapaz de buscar un novio? – la mirada que me dedico me dejo
claro que lo creía. – Genial.
Acabamos
de comer y fuimos al piso que compartíamos.
Pensé en el giro que había dado mi vida al
conocer a Sam. Ella era modelo y bailarina (y lo que le echen) y en su agencia
necesitaban caras nuevas. Yo era camarera y recién llegada a Los Ángeles. Le
caí bien desde el primer momento y se decidió a darme el numero de su agente
porque según me dijo: “no tienes futuro con las bandejas”.
Gracias
a ella, hoy soy modelo y hago mis pinitos como actriz, no soy una
superestrella, pero al menos gano lo suficiente para vivir. Sam no solo se
convirtió en mi mentora si no también en mi mejor amiga. Compartíamos piso e
historias para no dormir, hasta que encontró a su querido Zac.
El
es cantante y cada vez que puede, se viene al piso. Es genial y tiene una voz
impresionante, me alegro de que también sea mi amigo. Además de enseñarme a
hacer gorgoritos con la voz. Aunque tengo claro que lo de cantar no es lo mío.
Luego
esta Shane, el hermano multiusos de Sam. Otro de mis amigos. Es el peque del
grupo. Pero a pesar de tener solo 16 años, lo mismo te baila, que te canta, que
te suelta una patada de karate. Cosa que intenta enseñarme. Ah! y a bailar en
condiciones.
A
cambio yo les enseñaba alemán.
Si,
decididamente desde que me fui de Hamburgo, mi vida había cambiado muchísimo.
Pienso que a mejor. Pero por mucho que lo intente no puedo olvidar a Christian.
Que hubiera pasado si no me hubiese ido del concierto? Esa pregunta me rondaba
siempre por la cabeza. Pero en realidad
no creo que quiera saber la respuesta.
-
Vamos
a ir al cine, ¿te apuntas? – me pregunto Sam asomándose por la puerta de mi
habitación.
-
¡Claro!
Después podíamos ir a un karaoke – sugerí
-
¿Y
eso? – me miro inquisidoramente.
-
Bueno
en algún sitio tendré que demostrar lo que me han enseñado tu novio y tu
hermano ¿no? – me reí.
-
¡Cierto!
– rio también.
Después
del cine, nos fuimos al karaoke, donde arrase. Que arrase con los oídos de los
presentes digo, reconozco que canto fatal.
A
los pocos días me dijeron que el amiguito alemán de Zac, iba a venir.
-
Pues
que ilusión – dije irónicamente.
-
Venga
tía, ¡anímate que así puedes hablar con alguien en tu idioma!
-
Que
feliz eres, ¿no, Shane? – le conteste. – ¿Creéis que no sé que me lo queréis
encasquetar de novio?
-
Bueno
algo serio y formal no. Que él se volverá a Alemania. – dijo Zac – Pero para un
rollete… ¿qué me dices?
-
Que
cuando lo vea te lo digo. – ni en sueños.
Por
fin llego el tan odiado día. Zac y Shane fueron a buscarlo al aeropuerto
mientras Sam y yo preparábamos todo. Encima tenía narices la cosa, tenía que
quedarse en nuestro piso y no en el de Zac.
-
¡No
hay fruta! – chillo Sam desde la cocina donde estaba preparando la comida.
-
¡Ya
voy yo a comprarla! – con tal de no quedarme en casa esperando a verlos
aparecer iría a donde fuera.
-
No
tardes, que están a punto de llegar. – me advirtió.
-
Que
si pesada que solo voy a por fruta, no a ligar con el frutero…
-
Más
te vale. Que ya sé que el señor Miller está muy bueno, pero tenemos invitados.
– dijo irónicamente, ya que el señor Miller tenia 60 años.
-
¡Que
si pesada! – dije saliendo por la puerta.
En
realidad el señor Miller sí que me entretuvo, pero no porque estuviera bueno si
no porque me pidió que le firmara autógrafos para todos sus sobrinos. Había comprado un catalogo en el que salía yo
para que se lo firmara.
-
¡Pero
si yo no soy famosa! – proteste.
-
Da
igual, lo serás y yo quiero tener un autógrafo tuyo antes de que hagas como
todas esas chicas y te vuelvas estúpida.
-
¡Vaya!
Que ánimos me da señor Miller… - dije riéndome.
-
Vamos,
vamos menos hablar y más firmar que tengo que cerrar la tienda. – ¡Jo, y encima
con exigencias!
Me
sonó el móvil. Sam. Lo cogí.
-
¿Se
puede saber donde estas? – me dijo bastante cabreada.
-
Antes
de que me eches la bronca, la culpa es del señor Miller que me está
entreteniendo y no me deja irme.
-
No
mientas y deja de inventarte excusas, ¡mueve tu culo alemán hasta aquí ahora!
-
Si
no me crees habla con el – dije pasándole mi móvil al frutero.
-
¿Hola?
– dijo el hombre. – ¡Sam! Tu también tienes que venir a firmarme autógrafos…
si… adiós. – me devolvió el móvil. – hala vete ya que te esperan.
-
Adiós
señor Miller – dije despidiéndome de él.
-
Adiós
Sophia.
Llegue
a casa con la lengua fuera. Sam estaba en la puerta esperándome. Me cogió las
bolsas de la compra mientras yo me apoyaba en la pared e intentaba respirar con
normalidad. Me trajo un vaso de agua que bebí con avidez. Me arregle un poco el
pelo y entre en casa. Antes de pasar al salón, Sam me llevo a la cocina y me
dijo:
-
Tía,
es monísimo. Alto, moreno, ojos claros, tatuajes… pero mejor que lo veas por ti
misma. Vamos – tiro de mí hasta el salón, entrando ella primero. - Ya está
aquí.
Estaba
de espaldas así que no podía verle la cara. Tenía una melena medio rizada que
le llegaba a la altura de los hombros. En el brazo izquierdo tenía dos tatuajes
pero no llegaba a distinguir que era.
Bebí
otro trago de agua y cuando se dio la vuelta, el vaso se me cayó de las manos.
-
Christian…
- susurre.
-
¿Sophia
estas bien? – me pregunto corriendo hacia mí.
-
Si
– dije
-
¿Os
conocéis? – pregunto Zac – porque juraría que yo no os he dicho como se llama
el otro.
-
Sí,
nos conocemos. –contesto Christian, yo me limite a asentir.
Había
cambiado bastante… el pelo que ahora llevaba larguísimo, la perilla que
adornaba su mandíbula, el tatuaje de su cuello y su brazo… pero sin embargo
seguía teniendo esa mirada y esa sonrisa que desarmaba a cualquiera. Seguía
estando guapísimo.
-
Vaya
si que es coincidencia ¿no? – dijo Sam
-
Si,
lo es. – conteste.
Después
de la comida, nos fuimos a dar una vuelta por Los Ángeles. La idea era para que
Christian conociera la ciudad, pero la realidad era otra. Habían decidido salir
para que Linke y yo habláramos.
Íbamos
caminando por una calle cuando Christian se quedo quieto mirando algo en la
parada de un autobús.
-
¿Pasa
algo? – le pregunte. Él me señalo una valla publicitaria. – ¡Ah! Eso… - dije
quitándole importancia. – Soy modelo y actriz. – dije encogiéndome de hombros.
-
Vaya,
si que has cambiado desde el instituto… - me miro mordiéndose el labio. – creo
que tenemos que hablar muy seriamente.
-
Sí,
pero no aquí. – le agarre de la mano y sin avisar a los demás, tire de él hacia
la playa.
Nos
sentamos en la arena. Mirábamos hacia el mar que se abría infinito ante
nuestros ojos. Por el rabillo del ojo pude ver como observaba el agua con
fascinación.
-
Ya
te dije una vez que lo sentía, y lo mantengo. Y también te dije que me
gustabas… - empezó a decir.
-
¿Eso
también lo mantienes? – me reí.
-
No,
ahora sé que te quiero. – me miro – No he podido olvidarte desde que te conocí,
pero estos últimos tres años han sido los peores de mi vida.
-
Creí
que habíais tenido éxito con el grupo…
-
Si
en lo profesional todo me iba bien, pero en lo personal… te echaba de menos
cada día desde aquel día en Hamburgo. Las canciones que compuse iban dedicadas
a ti. Y todas eran tristes y de desamor, porque así me siento yo cuando no
estás cerca de mí.
-
Un
discurso muy bonito, Christian. Pero no voy a volver a caer. Tú volverás a
Alemania y yo seguiré aquí…
-
No
voy a volver – me corto.
-
Pero
¿y el grupo? – pregunte.
-
Lo
he dejado, bueno en realidad todos lo hemos dejado excepto David y Timo. ¿Te
acuerdas de ellos? – asentí. – Era su sueño.
-
Creí
que era el tuyo también – le dije.
-
Yo
tenía dos, cantar mis propias canciones y encontrar a mi chica ideal. Puestos a elegir, prefiero conseguir el real.
Encontrar a la chica, la he encontrado, conseguirla me llevara tiempo, pero no
desistiré. Tengo paciencia. - Me miro – a no ser que la chica me diga que no
quiere saber nada de mí y me convenza de que es lo que realmente quiere.
Entonces me iré por donde he venido y no volverá a saber nada de mí.
-
Dame
algo en lo que creer. Algo que me haga ver que realmente me quieres. – le dije.
-
He
cambiado en estos seis últimos años. Y he cambiado por ti. Sé que ahora soy
mejor persona. Y te quiero Sophia, durante toda mi vida lo he hecho, pero con
mayor fuerza estos últimos seis años.
Nos
miramos, el en busca de una respuesta, yo intentando ver dónde estaba la
trampa. Pero sus ojos decían que esta vez no mentía. Acercándome a Christian,
le bese. Me separo de sus labios y me miro.
-
¿Qué
haces? – le pregunte.
-
Asegurarme
de que no es un espejismo.
-
Pues
no lo soy, así que bésame antes de que cambie de opinión.
Y
allí ante el atardecer de Los Ángeles, decidí creer en algo. Decidí creer en
él.



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