Estaba
aburrida en casa, ya había hecho los deberes, estudiado y para un día que acabo
pronto, no hay nadie conectado. Pues nada, me iré a ver la televisión. Aunque con los
programas basura que echan últimamente…
Estaba
saliendo por la puerta, cuando oí el sonido de que tenía un correo nuevo. Me
senté frente a la pantalla y lo abrí. Era de un remitente desconocido. Me
invitaba a una fiesta de mascaras. Si decidía ir tenía tres semanas para encontrar
un vestido perfecto para la ocasión.
Pensé
en no ir, no sabía quién era el remitente. Armándome de valor le mande un correo
preguntándole quien era y como sabia mi dirección. Dos minutos después tenía la
respuesta.
No
me dijo quien era, pero tenía muchos datos sobre mí. Durante las dos semanas
que siguieron a esa invitación, seguí
mandando y recibiendo mensajes de aquel desconocido.
Decidí
ir a esa fiesta solo porque me dijo que él estaría. Y siendo una fiesta de
disfraces… podía ser cualquiera. Me llamo poderosamente la atención que el
supiera tanto sobre mí y yo no supiera ni su nombre.
Por
fin llego el día de la fiesta. Al final había convencido a mi madre para que me
hiciera ella el vestido en tiempo record. Y la verdad es que había quedado
precioso. Era morado, con escote pronunciado, falda con mucho volumen y
corsé. Me puse una peluca blanca de
estilo María Antonieta y una máscara veneciana de un color morado más claro que
el vestido, que tapaba solo los ojos y la nariz, adornada con piedras
preciosas.
Llame
a un taxi y le di la dirección de la fiesta. Cuando llegue, me encontré frente
a una casa de estilo palaciego, con jardines rodeándola. Era enorme. Y
preciosa.
Cuando
entre a la fiesta, me fije en los chicos, intentando encontrarle. Pero era
tarea imposible, ya que la mayoría iban vestidos tal y como me había dicho el.
Levitas, pelucas, zapatos de tacón, medias… parecían sacados de la corte del
rey Luis XIV, cosa que pegaba muchísimo con esa casa.
Suspirando,
me quite la máscara un segundo. Tenía calor y necesitaba respirar bien. Mire a mí
alrededor para ver si alguien más se había quitado la suya. Pero todos seguían
con ella puesta. En contra de mi voluntad, volví a ponérmela.
Me fui
hasta la barra a por una copa, para ver si bebiendo algo frío, se me pasaba el agobio que me había entrado nada más llegar. Bebí un trago que me supo a gloria.
Recibí un mensaje: “Estas preciosa, ese vestido morado te
sienta genial”
mire hacia todas partes, intentando localizar a alguien con un móvil en las
manos. Había más de una persona. A saberse cuál de ellas era.
Respondí
al mensaje con una pregunta: “¿Donde
estas?”
“No
seas impaciente…“
Guarde el móvil, y me dedique
a observar todo a mí alrededor, mientras bebía la copa. Sentía que él debía de
estar cerca, observándome. Si no ¿cómo sabe cómo voy vestida si no se lo he
dicho? ¡La intriga me está matando!.
Media
hora más tarde decidí salir al jardín trasero para que me diera el aire. Me
senté en un banco cerca de una fuente. Me quite la máscara y me fije en el
jardín.
Era enorme y estaba lleno de fuentes pequeñas y setos enormes. Caí en la cuenta
de que formaba parte de un laberinto. Sonó mi móvil, otro mensaje.
“Me
encontraras en el centro del laberinto”
Decidí
entrar aunque no estaba segura de si sería capaz de salir de allí. Fui
recorriendo uno a uno sus pasillos, de vez en cuando llegaba a algún callejón sin salida y tenía que dar la vuelta. Oía
ruidos a mí alrededor y pasos cerca de mí. Yo miraba hacia todos lados, pero no
veía a nadie. Aun así, me sentía observada y perseguida.
Me
entró miedo y no hacía más que equivocarme de camino. Para mi todos los caminos
eran iguales, arbusto más, arbusto menos. Después de un tiempo que a mí me
pareció una eternidad, llegue al centro del laberinto.
Frené en seco al ver una manta extendida en el suelo. Sobre ella había un cuenco con
frutas, dos copas y unas botellas de champagne. Pero no había rastro de él.
Le
mande un mensaje: “Estoy en el laberinto ¿donde estas tu?”
- -Justo
detrás de ti – dijo una voz sugerente en mi oído.
Automáticamente
me di la vuelta, con el corazón acelerado hasta límites insospechados.
Ante
mi se encontraba un chico alto, delgado, con una melena oscura recogida en una
coleta. La máscara ocultaba la mitad de su rostro. Detrás de ella pude observar
unos ojos claros, que me miraban con deseo.
A
mi todo esto me estaba dando un morbo increíble. Sin pensármelo dos veces, le
besé. Esto debió de romperle sus esquemas porque tardó algo en seguir con el beso.
Pero cuando lo hizo, miles de mariposas empezaron a revolotear por mi estomago.
Besaba muy bien.
Me
fue empujando hacia el centro del laberinto. Me tumbo encima de la manta y
siguió besándome. Quise quitarle la máscara, pero él no me dejo.
- - ¿No
te parece más interesante con las mascaras? – me dijo con esa voz que me sonaba
muchísimo, pero no lograba reconocer.
- -Si.
– conteste, mientras me quitaba la peluca, que me estorbaba.
Seguimos
besándonos y acariciándonos y pronto la ropa empezó a sobrar. Nos la fuimos
quitando el uno al otro. Sus manos recorrían cada centímetro de mi cuerpo con
delicadeza, haciendo que se me escapara algún que otro gemido. Él estaba tan
excitado como yo.
Volvió
a tumbarme en la manta y con cuidado, me separo las piernas. Se coloco entre
ellas y me beso mientras me penetraba lentamente. Yo rodee su cintura con mis
piernas, haciendo que su pelvis rozara la mía y que con cada embestida, la
penetración fuera no solo más profunda, sino más placentera.
Si
soy sincera, todo este juego de las mascaras y hacerlo en un sitio público (con
la posibilidad de ser pillados) hacia que me excitara el doble. No me pare a
pensar que es lo que estaba haciendo con un perfecto desconocido, porque eso es
lo que es, un desconocido para mí. Pero en realidad eso no me importaba, en
aquel momento lo más importante para mí era el placer que me estaba haciendo
sentir.
Un placer como nunca había experimentado hasta ahora. Un placer que me
arrastraba hacia una espiral de deseo, locura, pasión, lascivia y perversión.
Que me hacía sentir viva y a punto de explotar.
Nuestros
cuerpos estaban perlados de sudor, a pesar de estar empezando a refrescar. Lancé un grito a la oscuridad de la noche cuando llegué al orgasmo. El siguió un poco
mas hasta que lo alcanzó y después se dejo caer a mi lado, intentando respirar
con normalidad. Se puso de lado para poder observarme y con cuidado me acaricio
la cara. Dibujo mi perfil con su dedo y fue bajando por el cuello. Al llegar a
mi pecho se entretuvo con uno de mis pezones y poco a poco fue bajando por mi
tripa y mis muslos. Todo esto me estaba volviendo loca. Me volvió a besar, con
fuerza.
- -Será
mejor que nos vistamos por si acaso nos pillan, además empieza a hacer frió, y
no quiero que te resfríes. – me dijo.
Nos
vestimos rápido y me ayudo con la cremallera del vestido. Nos sentamos en la
manta un rato mientras comíamos alguna fruta y brindamos con el champagne.
Decidimos que ya era hora de entrar otra vez en la fiesta. Salimos del
laberinto con una facilidad asombrosa. Me empezaba a preguntar si no tendría
algo que ver con la casa, puesto que parecía conocer cada rincón de ella.
Después
de bailar, beber y reírnos en la fiesta, llegó el momento de la partida. Me
beso a modo de despedida y ambos nos quedamos callados, sin saber que decir.
Juntó su frente con la mía y sus manos agarraron mi nuca. Su nariz rozaba la
mía y dibujaba circulitos sobre ella, sus labios poco a poco volvieron a
posarse sobre los míos. Al cabo de un rato, me atreví a preguntar lo que
llevaba toda la noche intentando averiguar.
- - ¿Quién
eres y cómo te llamas?- se quedo callado, como pensándose la repuesta.
Mozart,
puedes llamarme Mozart. – respondió al fin, guiñándome un ojo y mostrándome su
perfecta sonrisa.
- - ¿Te
volveré a ver? – pregunte ansiosa.
- -Antes
de lo que te imaginas. – dijo cerrando la puerta del taxi en el cual me
hallaba.
Cuando
llegué a casa lo primero que hice fue mirar el correo, por si tenía mensaje
suyo. Estaba vacío. Durante el fin de semana, no tuve noticias suyas.
El
lunes en clase no fue mucho mejor, las horas pasaban lentamente en el reloj.
Sonó el timbre que marcaba el fin de las clases por hoy. Casi a la vez, recibía
un mensaje de Mozart:
¿Quieres conocerme? Date la
vuelta. Siempre he estado ahí.
Lentamente
me di la vuelta y me encontré cara a cara con uno de mis compañeros de clase.
Él
no dijo nada esperó paciente a que yo hablara primero. Le observe: melena
oscura, alto, ojos azules y sonrisa perfecta. La verdad es que encajaba en el
perfil a la perfección. Como todavía tenía mi móvil en la mano y la pantalla
seguía en el mensaje que acababa de recibir apreté al botón de llamada. De
repente sonó su móvil, me mostró la pantalla: Ariadna. Yo.
- -¿¡David!?
– exclame sin creérmelo. – ¿por qué no me lo dijiste?
- -¿Te
hubieras fijado en mí si lo hubiera hecho? – me respondió.
Yo
sonreí. Por toda respuesta le besé. Pero no le besé por ser Mozart, si no por
ser David. El único chico que siempre me había gustado.



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